Parashat Vayetzte: El Viaje de Jacob.

Vayetze Jacob miBeer Sheba vayelej Haranan . Y Jacob salió de Beer Sheba y fue a Haranan (Gen 28:10).
¿Por qué la Torah pone énfasis en el hecho de dejar Beer Sheeba y partir a Haranan? ¿Por qué no dice la Torah que Jacob simplemente fue a Haranan a visitar a su tio Labán?

El comentarista francés nacido en la ciudad de Narbona en el siglo XIII, Rabbi David Kimhi, analiza esta frase y explica que se trata de un recurso literario de la Torah para narrar un evento importante que tiene lugar entre el punto de partida, Beer Sheba y el punto de llegada, Haranan. Efectivamente esta semana nos encontramos ante un viaje, un viaje que va a cambiar la vida de Jacob y la de sus descendientes.

En la vida todos hacemos numerosos viajes que nos transforman. El viaje es ese recorrido entre un punto de partida y un punto de llegada. Generalmente ponemos nuestra mirada en el final del recorrido y no somos conscientes que es precisamente el caminar hacia una meta lo que nos prepara emocionalmente, intelectualmente, espiritualmente para hacer frente al avenir. Hay que reivindicar el valor del camino como fuerza transformadora.

Nuestro padre Jacob no será el mismo tras este viaje que realiza en la parashá. Su encuentro con la divinidad le transformará de Jacob en Israel, Jacon dejará de ser un hombre inseguro, y se convertirá en un padre espiritual para las generaciones futuras. Pero tal y como a nosotros a menudo nos ocurre, Jacob al principio no es consciente de lo que está a punto de acontecerle.

Yesh Adonai baMakom haze veAnokhi lo Yadati- Dios está en este lugar y yo no lo sabía (Gen 28:16) En su viaje Jacob tiene una profunda experiencia de la presencia de la divinidad. Una vivencia sutil que casi pasa inadvertida.  “Yo no sabía que Dios estaba aquí junto a mí en este lugar”. Este encuentro le cambiará la vida. ¿Pero significa esto que antes Dios no estaba con él? Ciertamente no.

El viaje, es decir, salir de su rutina, del espacio de confort, de lo que le es conocido es lo que provoca que descubra algo de lo que él antes no era consciente: Dios camina a nuestro lado y si Le dejamos actuar, El usa la vida, el camino de la vida, como el alfarero usa un torno para moldear su jarrón. La vida, el camino, y  la espiritualidad son fuerzas transformadoras.

“Y ciertamente Dios estaba en este lugar, pero yo no lo sabía”

La experiencia de Dios, de lo divino, de la espiritualidad, es única e irrepetible para cada uno de nosotros. Cualquiera que sea nuestro nivel de religiosidad o nuestra idea de lo divino, lo que si está claro es que cada uno de nosotros experimenta a lo largo de la vida un encuentro con una realidad que nos supera, que va mas allá de lo tangible, de los comprensible: un encuentro con el Misterio, con la Fuerza Creadora de todo lo que existe.

Si la palabra Dios te resulta ajena a ti y a tus creencias, te animo por ejemplo a pensar en un manantial de aguas claras y cristalinas que riega un valle y que hace que la vida florezca a su paso. Cada uno de nosotros, en su vida de cada día, puede beber de esta agua, sentir la fuerza creadora de este manantial de vida.

“Y ciertamente había un Manantial de Vida en este lugar, y yo no lo sabía”. ¿Cómo descubrir en nuestra realidad diaria la presencia de esta fuerza creadora a la que algunos llamamos Dios?  Nuestra tradición nos propone varias vías.

-La contemplación de la naturaleza. “La tierra es el Señor y todo lo que contiene; el mundo y todas sus criaturas, pues El lo fundo sobre el mar y sobre los ríos” (Salmo 24).

La tierra, la naturaleza son Dios mismo, pues no sólo Dios es Creador, sino que es el sostén de todo lo que existe. No necesitas mas que caminar por un bello jardín sin salir de tu ciudad para poder tener una profunda experiencia espiritual. Contempla el rocío sobre la hierba…ese rocío representa la Shekhina, la presencia divina que cubre toda la tierra.

-La vida comunitaria, el estudio comunitario. Dice Pirkei Avot: “Si diez personas se reúnen para estudiar Torah, el Eterno residirá entre ellos, tal y como está escrito: Dios asistirá a las asambleas divinas (Salmo 82:1). Pero incluso si son sólo cinco, o incluso sólo tres los que se reúnen para tratar un tema espiritual, Dios también está con ellos. Y finalmente, incluso si se trata de una sola persona quien medita la Ley, ella también está inspirada por la presencia de Dios, tal y como está escrito: Allá donde Mi nombre sea invocado, yo estaré presente y te bendeciré (Exodo 20:24).

 Dios se hace presente en nuestro encuentro con el otro, con el hermano. Dios se hace presente en el amor y el estudio de la comunidad. Pero incluso si estamos sólo y meditamos Su nombre, la fuente de toda vida sigue regando los campos de nuestra existencia. Y esto me lleva al último punto.

Dios en nuestro interior. Nuestra alma como un templo. Leemos en el libro del Génesis: “ Y Dios modeló al ser humano con polvo de la tierra y le insufló un aliento de vida-nishmat hayim, y el hombre devino un ser viviente” (Génesis 2:7) Nishmat-Hayim, un soplo de vida, neshama es el término que usamos en hebreo para denominar el alma. Neshama es el alma, pero también es la vida.

Es este soplo de vida divino del Creador lo que nos convierte en un ser viviente, pero no cualquier ser viviente. Somos un ser vivo que al mismo tiempo es un templo portátil, porque en nuestro interior portamos el soplo de vida del Creador. ¿No eres capaz de ver lo divino en tu vida? ¿No eres capaz de encontrar a Dios en la Sinagoga? No te preocupes. Toma asiento, respira en silencio y escucha a tu alma. Eres un alma-cuerpo viviente que porta en sí a la Fuente de la Vida.

Si meditamos sobre estos tres aspectos, estas tres vías para lograr tener una experiencia de la espiritualidad en lo cotidiano, sin hacer cosas raras, sin necesidad de irse a vivir a una montaña o a un monasterio, podremos decir lo que dijo nuestro padre Jacob:

Yesh Adonai baMakom haze veAnokhi lo Yadati- Dios está en este lugar y yo no lo sabía (Gen 28:16).

 

Shabat Shalom

Rabbi Haim Casas

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